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El Homo Interrete: entre la posverdad y las fake news.

Written by - Miguel Angel Valenzuela Shelley on Jueves, 06 Abril 2017. Posted in Recientes, Νομος teoretiko

La creación de la web 2.0 sustituyó una comunicación vertical y unidireccional por una horizontal y multidireccional prácticamente incontrolable. Esto permitió o facilitó el desarrollo de las redes sociales, esas que rápidamente se volvieron parte fundamental –cuando no esencial- de nuestra cotidianidad. La comunicación horizontal, la posibilidad de crear mensajes o contenidos han empoderado al usuario y con ello a las redes sociales; se acelera y multiplica nuestra capacidad de comunicar. Es por ello que a pesar de la juventud de espacios como Facebook, Twitter, Youtube o Instagram, ellas han tomado, o mejor dicho, les hemos otorgado un rol trascendental en nuestras vidas y en la dinámica social; nuestra presencia en ese mundo virtual, da fe de nuestra existencia en el real. Esa presencia en las redes sociales exige participación constante, aunque no compromiso. Debemos participar de los debates, de los trending topics, al menos dando like; en realidad no importa si nuestra postura se expresa en acción real, basta con que sea acción virtual, compartir un post. Nuestra presencia en las redes sociales dice “Aquí estoy, publico, soy parte de la comunidad, luego existo”. Este fuerte vínculo entre nosotros y las redes sociales, parece mostrar que hemos transitado del Homo Videns de Giovanni Sartori –para el que sólo existe lo que ve en la pantalla- al Homo Interrete –para el que sólo es, existe y es verdad, lo que aparece en internet-.

Esta nueva forma de comunicación fue aprovechada por algunos políticos como Barack Obama, a fin de parecer más cercano y en contacto con sus probables electores, pero principalmente para construir una imagen de receptividad a sus inquietudes, opiniones, necesidades, etcétera; una imagen no necesariamente verdadera, sin embargo, esta estrategia le permitió la reproducción de sus mensajes políticos a través de sus simpatizantes y entre los probables electores. Esta comunicación horizontal es mucho más efectiva toda vez que es entre pares, entre usuarios, entre quienes la relación es más honesta y confiable. Esto dio pie a la llamada Política 2.0, en la que es posible la comunicación entre los políticos (no sólo funcionarios de gobierno) y los ciudadanos, generando con ello –o esperando generar- participación y colaboración entre ambas partes. La participación política a través de internet, expresada esencial pero no únicamente en las redes sociales, dio lugar al ciberactivista, así como al hactivista. Sin duda esta nueva herramienta ha ayudado a crear e impulsar mecanismos democráticos profundamente necesarios, principalmente en países con gobiernos en crisis y/o colapsando. No obstante, las mismas condiciones que han hecho posible la conexión, expresión e incluso articulación de descontentos sociales, también han abierto la puerta serias amenazas a la democracia y a procesos sociales más simples pero igualmente importantes: la posverdad y las fake news; ambas son características de la Administración Trump, pero en realidad están mucho más cercanas a nosotros de lo que nos gustaría admitir.

Muchos son los conceptos que han nacido derivados de la comunicación en las redes sociales y nuestras acciones –desde emojie o selfie, hasta whatsappear- pero sin duda el más preocupante hasta ahora es el de posverdad. El concepto –posverdad- hace referencia al peso que tienen las emociones y las creencias en la conformación de la opinión pública, por encima de los hechos; ya sean los comprobados y comprobables o los aceptados convencionalmente por información que así lo indica. Si esto fuera en una perspectiva pragmática (Alexander Bain) no habría problema, pues la validez de las creencias lo establece su contrastación con la realidad, pero no es así, la posverdad se mantiene en el ámbito de las ideas, de lo abstracto, de la manipulación, de la creación de una percepción de la realidad sin sustento. El problema es que las redes sociales han sido el vehículo idóneo para la reproducción y expansión de la posverdad, debido a que los usuarios (mayormente) no están acostumbrados al discernimiento, a la evaluación, el análisis o cuestionamiento; se limitan a reproducir o rechazar las publicaciones, los posts. Este comportamiento es simplemente una extensión de una generación –o varias generaciones- que perciben no tener tiempo para construir, y para quienes la inmediatez es lo más importante. Generaciones para las que la verdad, lo cierto, lo correcto, no es el elemento que discierne, sino simplemente consideraciones dispensables y sujetas a las creencias personales, sin duda y sin falta, sustentadas por algún líder de opinión express, salido de Youtube o Facebook.

La posverdad no es un fenómeno nuevo, pero su alcance es inconmensurable dadas las condiciones y características de las herramientas comunicacionales. Siempre hemos buscado sustentar nuestras opiniones y siempre lo haremos, pero para ponderarlas están los hechos, no nuestras emociones. Es peligroso, lo dice la historia sino el sentido común, racionalizar desde la pasión, desde la emoción, desde las filias y fobias. Nos divierte, nos asombra, pero sobre todo nos angustia que diversos políticos, por ejemplo el presidente Trump, base su administración en la posverdad, en generar creencias con mentiras, pero él –y otros- simplemente juegan el juego que millones o miles de millones jugamos todos los días: crear y crearnos ideas con base en ocurrencias, en encabezados o en las fake news, es decir, la cultura online.

Las redes sociales, y particular Facebook, se han convertido no sólo en espacios de interacción entre usuarios, sino en espacios de información. Eso no en de suyo perjudicial, el problema es que –una vez más- los usuarios no analizan la información, de hecho muchas veces ni siquiera la observan. Información falsa circula por las redes sociales constantemente, y esto no obedece a errores en la nota, apreciaciones incorrectas o inclusive a interpretaciones sesgadas, sino que es creada por empresas que se dedican precisamente a difundir notas falsas o videos manipulados, con el objetivo de generar ideas erróneas, de buscar establecer una opinión pública que sería rápidamente reproducida por los usuarios. El resultado de esto sería un comportamiento político de filia o fobia hacia un tema en particular o un candidato determinado, sustentado y reafirmado por mentiras. Ejemplo de esto lo veremos todos los días en las redes sociales conforme se acerque la elección a gobernador en el Estado de México.

Internet es un espacio libre –o más o menos- y debe ser más libre para muchas cosas, tales como la información, la participación, el debate de ideas y muchas cosas más, sin embargo, eso supone una gran responsabilidad por parte de los usuarios a fin de evitar el engaño y la manipulación. El compromiso del Homo Interrete no puede limitarse a “compartir” o “me gusta”, aún quedándose en el ámbito de internet, debe haber una acción proporcional al alcance y consecuencias de las ideas o afirmaciones que reproducimos.

About the Author

- Miguel Angel Valenzuela Shelley

Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales y Candidato a Doctor en la misma especialidad por la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

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